La importancia del trabajo en equipo

Una de las tradiciones estadounidenses que me llama siempre la atención es el Día de Acción de Gracias. Y como precisamente ha sido hoy, he decidido unirme de alguna manera a esta tradición (pavo aparte) y hacer una revisión profesional de aquello por lo que puedo dar gracias.

Recuerdo que hace unos años me preguntaron en la entrevista previa para un nuevo puesto de trabajo: “¿Volverías a trabajar con los que han sido tus compañeros hasta ahora?” No lo dudé: “¡Claro, ojalá pudiera, porque me los traía a todos!” La mujer me sonrió y me dijo: “Te veo muy segura”. Y le respondí que mis compañeros habían sido lo mejor de aquellos años. A día de hoy –algunos proyectos y empresas después-, la respuesta es exactamente la misma: doy gracias por disfrutar de personas estupendas, de aprender de, y con, ellas; doy gracias por recorrer mi camino profesional a su lado; doy gracias por poder crecer con su ayuda, con sus consejos y con el trabajo compartido a su lado. No creo que pueda ser más afortunada. De aquella entrevista, también recuerdo que al final me preguntó, casi con un punto de desconcierto: “¿qué hacía tan especial a tus compañeros?”.

Reflexionando sobre aquella pregunta que me hizo, y actualizando la respuesta que le di en su momento, creo que puedo hacer una estimación bastante acertada de qué rasgos convierten a un conjunto de personas con un objetivo común (sacar ciertas tareas/proyectos adelante) en un verdadero equipo de trabajo, yendo un paso más allá del mero grupo de trabajo, y éstos son:

  1. Compartir objetivos y metas y hacerlos propios, comprometerse con ellos, más allá de las metas individuales.
  2. Comprometerse y hacerse responsable de los resultados: tanto para bien en los éxitos, como en los fallos. En los problemas, buscar soluciones y no culpables.
  3. Buscar crecer juntos. Celebrar juntos los éxitos e investigar constantemente cómo hacer las cosas mejor, cómo innovar, cómo superar los retos.
  4. Basarse en datos objetivos y buscar la mejor síntesis de las opiniones de los miembros del equipo.
  5. Escuchar activamente y aceptar críticas constructivas. Aprender a hacerlas.
  6. Intentar consensuar las decisiones, pero tener claro que en caso de dudas o bloqueo, se seguirán las directrices del líder que el grupo tenga en cada momento.
  7. Ser consciente de la valía de cada miembro y de sus limitaciones. Eso permitirá un liderazgo compartido si la situación lo permite: hacer bascular el peso del grupo hacia los miembros que mejor encajen con el perfil de la tarea a realizar. Por ejemplo, si el trabajo es más creativo buscar que los más creativos empujen, y si el trabajo en ese momento requiere de los más metódicos, bascular hacia ellos.
  8. Ser flexibles. Tener capacidad para compartir el liderazgo, buscar que sea el equipo completo el que brille, y no una única “estrella”.
  9. Primar la comunicación: evitar las ambigüedades y los mensajes poco claros para eliminar la posibilidad de rencores, rencillas y rumores.
  10. Saber gestionar los momentos de conflictos y activar cuantas más habilidades sociales mejor.
  11. El buen humor como herramienta básica para “desengrasar” desencuentros, o aflojar tensiones.
  12. Fomentar la cohesión y la colaboración entre sus miembros, ayudarse y buscar el bien común para alcanzar las metas establecidas.

En tiempos como los actuales, en los que muchos se centran en la escalada personal, en el brillo exclusivamente individual, casi me parece increíble poder decir que una de las mejores cosas que me brinda mi carrera profesional es poder trabajar en equipo. Y eso me permite conocer de primera mano que un buen equipo es mucho más que la suma de la valía de sus integrantes. Y, por supuesto, una de las cosas que sigue ilusionándome es pensar que, en los nuevos proyectos que emprenda a lo largo de los años, podré seguir encontrando nuevos equipos en los que seguir creciendo. Sin duda, es algo por lo que puedo dar las gracias.


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